sábado, 2 de mayo de 2009

Puro sueño

Puro sueño

…porque habréis visto ya la verdad con respecto a lo bello.

“…pura ilusión, puro sueño, es decir, nada.”
Louis Althusser

El hombre no inventó los sueños, más bien éstos crearon al hombre y sus usanzas. Ya Platón en el siglo IV a.C. en su Apología ponía en boca del buen Sócrates, su maestro –quien por lo demás se educó en literatura, participó en la Guerra del Peloponeso, y pasó la mayor parte de sus días en mercados y plazas, entablando discusiones con escuchas y transeúntes, amén del descuido de una adusta Jantipa y sus tres hijos; y, según dicen algunos entendidos, suerte de predecesor de Verlaine, tenía en su idolatrado discípulo Alcibíades a un probable amante–, la afirmación en defensa propia ante un ágora llenita, quizá pecando de soberbia, poca galantería y tirria frente a la justicia ateniense en pleno, con la ligera pero rotunda alusión a los sueños. Se le acusaba entre otras cosas de corromper a los jóvenes y habérselas con los sofistas; pues bien si los jóvenes se acercaban a él, era porque gustaban oírle, y no por otra cosa, examinar a los que se creían sabios sin serlo como los propios jueces. ¡Sácale roncha!
Dado lo cual de inmediato pasó a confesar lo agradable de realizar ese trabajo confiado por “el dios” gracias sin duda a los oráculos y por medio de sueños. Para lueguito nomás afirmar que de morir condenado, quizá se le hacía un favor ya que él gran esperanza tenía que su muerte no sea sino un bien. Una de dos: el muerto no es nada ni siente nada, o, su alma cambia de residencia; y, más bien, experimenta ausencia de sensación y un sueño, como cuando se duerme sin soñar. Entonces efectivamente el morir sería para él una ganancia maravillosa. ¡Uy, uy, uy! Y luego, claro, sin duda lo condenaron a beberse el veneno mortal, ese nombre te han puesto.

Por otro lado se puede afirmar que en los años de su vejez Platón, seguidor de su maestro, era todo cautela, reserva y suspicacia, y, aunque no había abandonado su consideración de la reforma del Estado, pues trabajaba en Las leyes; en La República o Res publica, el anciano y solitario erudito había sentenciado la búsqueda de un principio de vida social en un “Estado perfecto”, así se puede llegar a afirmar “sin temor a equivocarse” que según el filósofo griego partidario de la aristocracia donde se preconizaba el recto y buen gobierno, en consecuencia, estaba casi casi prohibido soñar por toque de queda. A saber los dos temas del tratado de La República, son la construcción de la ciudad ideal y la institución de una norma de vida individual y humana. ¡Orden es orden!, ya lo había dicho interpretando al sabio griego en su momento Sir Winston Churchill o Bertrand Russell, uno de los dos, siempre me equivoco.
Mucha agua ha corrido bajo los puentes pétreos de la interpretación del más famoso diálogo platónico de vejez en el que resume los conceptos expuestos en sus diálogos anteriores, desde el título hasta la concepción política del filósofo griego y ello tiene el ingrato inconveniente de sugerir inoportunas representaciones; pero en fin de lo que se trata aquí es de hablar de los sueños y no de otra cosa; pero antes vamos corriendo a un mensaje interesante. Silencio absoluto: en ese tratado de medicina política que es La República o como se llame, se menciona el sueño unas treinta veces, aquí sólo la primera alusión. Empieza en el libro VII, cuando Sócrates hablando de la educación, el gobierno de la ciudad, la justicia y el bien, cuenta a un condescendiente Glaucón, hermano del autor, el famoso “Mito de la caverna”.
Le invita a su contertulio a imaginar una larga entrada que da a un socavón subterráneo por la que se cuela un hilo de luz proveniente de una fogata que arde tras una mampara. Al fondo unos hombres –ahí no había mujeres– viven una suerte de pesadilla sin saberlo, están atados desde niños de manos y pies sin poder volver la cabeza, de modo que sólo pueden ver las sombras de la luz proyectadas por el fuego sobre la parte de la gruta que está frente a ellos. ¿Qué otra cosa van a ver? Así si fueran liberados y curados de esas antinaturales tinieblas y ascendieran a la luz, ésta destellaría en sus ojos, provocarían urticarias oftálmicas y de pronto no podrían ver los objetos cuyas sombras proyectadas antes veían cual film en cinematógrafo antiguo.
Si se llevara a alguno de ellos a jalones de las orejas hasta la claridad, sufriría a desmedida y, una vez llegado a la luz, el resplandor le saldría por los ojos como el brotar de capullo de flor que precisaría de un oculista urgentemente y no sería capaz de ver ni una sola de las cosas. Aunque no sería muy corto el tiempo que requiriera para ceder a la costumbre, si éste regresara a la caverna acaso daría que reír y se diría que ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena intentar semejante ascensión. ¡No suban, no suban! ¡Peligro! Y, aludiendo a la muerte del buen Sócrates, asevera que matarían a quien intentara desatarles y hacerlos ascender.
Así afirma el bueno de Platón quien –a pesar de que proponía una renuncia a la libertad de la literatura en búsqueda de una sociedad más justa– leía al ciego Homero del cual dice condescendientemente que preferiría resuelto y decidido ser siervo en cualquier campo de labranza sin caudal alguno o sufrir un pesaroso destino antes que vivir enceguecido en aquel mundo de sombras. ¡Apaguen la luz!
Dado lo cual, concluía el viejo maestro, era labor de ellos obligar a los mejores que lleguen a la luz del conocimiento, vean el bien y verifiquen la ascensión; y, que se queden ahí y no bajen junto a los prisioneros así sea mucho lo que estos valgan, en bien de la sociedad entera. Pero ojo, cuidadito, los que se han educado así mismos en estas materias para gobernar, en calidad de jefes y reyes, mejor y más completamente instruidos, son los más capacitados de participar tanto en luz como en tinieblas; por tanto cada uno se tiene que acostumbrar a ver entre la lobreguez y distinguir cada imagen real. Caminante no hay camino se hace camino al andar y seguir adelante.

“…porque habréis visto ya la verdad con respecto a lo bello y a lo justo y a lo bueno. Y así la ciudad nuestra y vuestra vivirá a la luz del día y no entre sueños, como viven ahora la mayor parte de ellas por obra de quienes luchan unos con otros por vanas sombras.”

Del viejo Platón se sabe que vivía acompañado de unos cuantos esclavos y de la sierva Artemis su ama de casa, y aun entrado en años el anciano limitaba las horas de su sueño conservando su imagen de existencia consagrada al estudio y a la contemplación, único ideal que le permitió realizar sus sueños. Cicerón ha llegado a afirmar que “murió escribiendo”, aunque alguno otro asevera que minutos antes de su muerte “se durmió para no despertar más en un banquete nupcial”, tal vez en alguna aburrida boda de cierta sobrina suya. Yo creo que se durmió sencillamente para soñar.~

Contra Critias

Contra Critias
Denisse Vega Farfán, premio Poeta joven del Perú 2008


"Cojo la pluma y digo/ lo que me viene a la lengua/ lo que siento de adentro/ lo que nadie me dicta/ Cojo la pluma y digo/ radiografía daltónico/ o lo que me da la gana".
Contra Critias,
Marco Martos

En el preciso momento en que decidía realizar mi habitual estudio sobre filósofos presocráticos, caí en la cuenta que me adentraría en el exquisito tema de los sofistas, cuando recibí una llamada telefónica, que me comunicaba que Denisse Vega Farfán era la ganadora del Premio Poeta Joven del Perú 2008. La noticia en cierto modo tenía un tono irritante y lamentaba el hecho. Y mientras mi interlocutor lanzaba quejas y lamentos que lindaban los improperios a la vez que recordaba toda su “vida de poeta” y, no sin cierta sorpresa mía, me conminaba a realizar un artículo sobre el tema en cuestión, como en un filme fui recordando a los antiguos sofistas que estudiaba en la vieja San Marcos de los noventa; entre otros: Hippias, Pródico, Trasímaco, Eutidemo y Critias.
Eran los años del segundo gobierno de Fujimori, las universidades estaban llenas de militares, y en plena dictadura yo luchaba por ingresar a la Residencia universitaria. Había desistido de la poesía, porque leí que William Faulkner había afirmado que todo escritor pretende escribir poesía, pero descubre que no puede y a continuación intenta escribir cuentos, y al volver a fracasar, no le queda más remedio que escribir novelas; pero yo seguía admirando a los poetas, lo cual a pocos días de haber arribado a la gran capital me llevó a buscar e intentar entrevistar a algunos de ellos. El poeta Marco Martos fue uno de los más condescendientes a mi interrogatorio; cuando le pregunté si las críticas al Premio Nacional de Poesía del Perú, que recibió en 1960, hicieron mella a su creación, él luego de un suspiro inmediatamente recordó con sentida intensidad emocional su famoso poema donde alude a “Critias”. En estos días he venido repitiendo esos versos del poeta piurano, desde que recibí la denostadora y doliente llamada telefónica que se suma a cierta desazón y cuestionamiento general de poetas contemporáneos contra la distinción de la poeta trujillana.

Denisse Vega, autora del poemario Euritmia, nació en Trujillo, y su interés por la poesía fue motivada por la ausencia de su madre, Doña Ernestina Lidia Farfán Neyra, quien trabajaba en la ciudad de Chimbote, mientras la niña vivía con su abuela, lo cual la llevó a escribir incluso en el reverso de las cajas de sus medicamentos. Era una respuesta a esa necesidad de manifestarse y construir mundos habitables con palabras, porque ella, que estudió en el Colegio Augusto Salazar Bondy, allá en Chimbote, en la secundaria, ya descubría la emoción poética en los versos de Alfonsina Storni, César Vallejo y Octavio Paz, y desde aquel entonces un papel en blanco era su mejor algarabía. Aún no se percataba que la poesía la acompañaría para siempre en su vida sin embargo empezaba a escribir en las calles chimbotanas, camino a Bellamar, adonde había venido a residir.
Fue integrante de la Galería-Taller de Artes Plásticas “Palamenco” de la Universidad Nacional del Santa, dirigido por mi amigo el pintor Amarildo Obeso y poco tiempo después con cuadernos colmados de sus escarceos poéticos y gracias a su persistencia literaria recibiría una mención honrosa en el Premio Copé Internacional organizado por Petroperú en el año 2007, y el primer premio del I Concurso Literario y de Investigación “la Pluma Vallejiana” de la ciudad de Trujillo con el bello seudónimo "La Lira Ensangrentada"; porque para ella, que posee poemas traducidos al inglés y francés en diversas publicaciones nacionales e internacionales, la poesía es como su esencia vital, una suerte de santuario.
El jueves 18 de septiembre, los organizadores del cuestionado concurso literario el Poeta Joven del Perú 2008, el Centro Cultural de España y la editorial Lustra Editores, bajo la tutela de Ricardo Ramón Jarne, y Paul Guillén Delgado y Víctor Ruiz Velazco oportunamente, en el marco de la "Semana de Poesía", anunciaron que por unanimidad, tras una ardua y reñida selección (aunque solo se presentaron 61 poemarios provenientes de diversas partes del país) brindaban el título de ganador al poemario Una morada tras los reinos de Denisse Vega Farfán y una única mención honrosa “debido a su calidad sobresaliente” a la poeta Melissa Ghezzi Solís por su poemario Bendita eres entre todas….
En la antigua Grecia cuando se convocaba a los certámenes literarios solo se competía por un laurel y un canasto de manzanas, esta vez el certamen trae consigo la gloria y publicación de la obra dentro de la serie Novísima Poesía Latinoamericana, coeditada por el C.C. de España y Lustra Editores, y muchos poetas contemporáneos que recién se han enterado de la noticia se han sumado a la aspiración secreta por el galardón que posee nombre solemne digno de llevar estampado en el pecho; pero no han faltado las muestras de protesta y desazón. Se han percatado de un momento a otro que la designación es significativa y la palabra tiene belleza resonante, en contraparte denuncian la exigua calidad académica del jurado, el bajo nivel de convocatoria, el cuestionamiento a la forma de cómo se ha resuelto el certamen utilizando el nombre del emblemático e histórico concurso peruano, sin dar cuenta a los herederos del fundador del mismo, calificando al acto como poco leal e interesado.
Quizá de haber escogido un jurado de disputadas lides literarias, la convocatoria no hubiera sido menor. Y es verdad un discernimiento bajo el olfato de Marco Martos, Antonio Cisneros, Róger Santibáñez, Blanca Valera, Rosella Di Paolo, Rodolfo Hinostroza, Tulio Mora, Eduardo Chirinos o Miguel Ildefonso entre otros hubiera sido más decorosa; y no a un par de “poetas menores y sin gran trascendencia” bajo los más tenues calificativos que han aparecido a los poetas Paul Guillén y Víctor Ruíz Velazco, y, a Ricardo Ramón Jarne, director del Centro Cultural de España, pues solo florece como promotor cultural y no se ha pasado la vida en el trabajo de las palabras. Sin embargo hay quien ha manifestado que la galardonada “por el bien de su poesía debería renunciar a la distinción”; pero no era menos de esperar como certera muestra de mezquindad y desazón por el logro obtenido; e incluso no ha faltado quien manifieste que el poemario ganador es un plagio.
La distinción originalmente fue creada por el poeta Marco Antonio Corcuera quien dirigía la Revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, y tuvo convocatoria hasta la década del 80. Una vez desaparecido el famoso concurso, los hijos del poeta crearon la Fundación que lleva su nombre y se encarga de preservar la obra y vida del mismo así como patrocinar galardones, recientemente, con motivo del Festival Internacional de Poesía César Vallejo, organizado por la Universidad César Vallejo y la susodicha fundación, fueron distinguidos por la Municipalidad Provincial de Trujillo poetas de Europa y América que llegaron a la ciudad de la eterna primavera.
Y es verdad que tal emblema lo han ganado poetas de la talla de Javier Heraud y César Calvo (1960); Wiston Orrillo y Manuel Ibáñez Rossaza (1965), ese año entre los finalistas estuvieron al parecer el poeta chimbotano Juan Ojeda y Luis Hernández; José Watanabe y Antonio Cillóniz (1970); Jesús Cabel y Julio Carmona (1975), Jorge Eslava y Bethoven Medina (1980); Luis Eduardo García (1985); David Novoa y Monserrat Álvarez (1990); y Enrique Hulerig en 1995, ya en ese año fue la última vez que el maestro Corcuera pudo convocarlo, pues a pesar de que estaba enfermo, sobre todo ya no contaba con auspicio.
El diario la Industria de Trujillo en su página cultural dejaba leer hace poco que los hijos del creador del galardón pensaban en demandar judicialmente a los organizadores del premio limeño para corregir esa arrogante falta, dado que consideraban una osadía mayúscula usar el mismo nombre como un usufructo del patrimonio cultural de Trujillo, dando a entender que los organizadores debieron solicitar el uso del nombre y aludiendo que no sería el auténtico Premio Poeta Joven del Perú, sino un premio apócrifo.
El poeta y periodista trujillano Luis Eduardo García, ganador en 1985 del sexto concurso poeta joven del Perú, ha dicho que el Centro Cultural de España y Lustra Editores optaron por lo más simple y vergonzoso: “como ya nadie convoca el Premio, me apropio del nombre y lo lanzo por mi cuenta con bombos y platillos. Se trata simplemente de una deslealtad. Es pura falta de amor, gratitud, fidelidad y honor”; aunque sutilmente libró a la poesía de la autora de Euritmia.
Albricias, gloria y loor por esta distinción, por su pluma dilecta, en sordina hacia los Critias de la cultura peruana, enmohecidos y agazapados en un reclamo supuestamente legal, cuando al parecer el premio no ha sido patentado o registrado legalmente; sin embargo ello bien no resta la loable labor del recordado fundador del legendario premio y lo que realmente se espera, e incluso lo hubiera querido el maestro trujillano Marco Antonio Corcuera, es que la poeta siga escribiendo en el Malecón Grau, frente al mar chimbotano, en ómnibus y colectivos, en un salón de clases, a plena calle, en un café o en la soledad de su corazón bajo la bóveda celeste en el extraño cielo límpido de esta primavera que despierta; pero que siga escribiendo porque bien sabe como el poeta que al hacer poesía no se trata de hablar, ni tampoco de callar; se trata de abrir algo, entre la palabra y el silencio. ~

Mario Vargas Llosa, la literatura y la vida

Mario Vargas Llosa, la literatura y la vida

Vargas Llosa, en la inauguración, expresó con nostalgia que los libros tienen la propiedad de llevar al lector a otra realidad.

A Delmy Díaz, mi mujer

PASEAR POR EL CENTRO HISTÓRICO DE LIMA no es algo que me apetezca, sobre todo ahora que la capital se encuentra cual víctima de una catástrofe nuclear, atiborrada de avenidas suburbanas con pequeños bloques de calzada destrozados y revueltos unos sobre otros como un puñado de naipes. Permanecer media hora o más en el asiento del autobús, ante el barullo repetitivo de menesterosos que suben y bajan a vender chucherías bajo las bocinas intermitentes por el embotellamiento vehicular, es sencillamente un suplicio perturbador e impresionante, peor aún en esta época en que una garúa invisible cae persistentemente sobre la fría Ciudad de los Reyes. Sin embargo, un suceso me ha llevado a hacer más de una vez el mismo recorrido sorteando tatuadores, cambistas, pulsadores, entre las insospechadas galerías comerciales, y lo volvería a hacer con la misma finalidad: llegar a la cuadra 5 del Jirón de la Unión, a unos pasos de la Plaza de Armas, donde se viene realizando la muestra sobre la vida y obra de nuestro mayor escritor, denominada: “Mario Vargas Llosa, la libertad y la vida”, y que tiene como escenario la Casa Museo Bernardo O’Higgins.

He asistido en varias oportunidades, ya he perdido la cuenta de las veces que he ido, solo, con mi mujer o llevando a algunos amigos. En realidad es una exhibición que da cuenta de todas las circunstancias de la vida del escritor; así, cada sala expone sus pasiones: la escritura y los libros, los escritores y el periodismo, el cine y el teatro, la vida académica y la política. La muestra nos recibe con una presentación de Alonso Cueto, quien afirma que “si alguna lección nos deja esta vida y obra es la de la confianza en el poder de los individuos de fraguarse un destino”.
Organizada por la Pontificia Universidad Católica del Perú, reúne en dos pisos y catorce salas, el universo personal y literario del celebre escritor, y recibe a los concurrentes con copias de algunos escritos de puño y letra, y cartas esparcidas por un sendero que va hacia un pupitre donde se distingue, cubierta por un cristal, una Marathon 1200 DLX que habría acompañado al escritor a escribir sus primeros textos, mientras, como fondo, descuella un retrato suyo.
El primer piso está lleno de fotografías con familiares en diferentes épocas, y un recorrido literario-vital acompañado de un archivo iconográfico desde su nacimiento en 1936 en Arequipa, hasta sus estadías en diferentes ciudades del mundo. Sus tesoros, como una carta muy afectuosa de Julio Cortázar antes de publicar “Rayuela”, una estampa de su Primera Comunión, pasaportes, libreta de notas y manuscritos originales del inicio de alguna de sus novelas.
Me enteré de la exhibición de ejemplares de sus novelas traducidas a diferentes idiomas y objetos de escritores que influyeron en su vida, por las noticias de la Agencia EFE y la Biblioteca Virtual “Miguel de Cervantes” (Vargas Llosa es presidente de la Fundación), que repitieron “La Vanguardia”, “La Nación”, “Jornada Latina”, “El Universal” y “Perú 21”, entre otros diarios; sin embargo, quien recorre los salones no encuentra en realidad tales objetos.
Y aunque es verdad que la tutela de la exposición, forjada durante dos años, quedó a cargo del escritor Alonso Cueto y contó con la asesoría del arquitecto Frederick Cooper y el pintor Fernando de Szyszlo, viejos amigos de Vargas Llosa, se distingue una especie de bóveda titulada “Tesoro”, donde tras el ornamento de cerámica de un hipopótamo (los colecciona desde que escribiera su obra teatral “Kathie y el hipopótamo”), con ciertas grietas de color negro sobre un paño rojo, se puede ver un muestrario de libros.
Sin embargo, el espectador común no está seguro, a pesar de las múltiples reiteraciones de los vigilantes, que sean suyos. Yo mismo, sorprendido, pude echar una ojeada a algunos ejemplares y encontrar ahí libros de colegio desusados, de legislación, educación, química inorgánica, un texto de matemática, unos cuantos volúmenes de historia de Carl Grimberg, tomos de la enciclopedia juvenil Océano, una edición del Nuevo Testamento de la Biblia y hasta un manual de contribuyentes de la Sunat, entre otros; y de literatura, viejos y muy descuidados tomos de Losada, Salvat, de ciencia ficción (que Mario no lee), entre “Ana Karenina” de Tolstoi, “Persona non grata” de Jorge Edwars, “Siete ensayos de la realidad peruana”, y hasta la novela “El rincón de los muertos” de mi amigo el escritor Samuel Cavero Galimidi.
A menos que se haya querido dar a entender subliminalmente que los libros siempre serán un tesoro, más de un visitante quedará con la incógnita, pues, a saber, la biblioteca peruana de Mario consta de poco más de veinte mil cuidados volúmenes, está dividida por temas y aficiones, y cada libro posee un sello y stickers, allá en el sexto piso de su casa de Barranco donde tiene su estudio y biblioteca en el malecón que ahora lleva su nombre.
Las veces que he ido recorrí todas las salas. En el primer nivel el salón “Diarios de un rebelde”, nos ofrece un examen biográfico desde la etapa de su niñez hasta nuestros días, acompañada de vitrinas que contienen recortes, libretas con anotaciones de sus viajes, y tesoros personales con su sello y número de ingreso, como la invitación original del Colegio San Miguel a la gran velada literario-musical en la que se menciona la presentación del drama “La huida del inka”, en aquel tiempo, julio de 1952, próxima a estrenarse en el Teatro “Variedades” por la semana de Piura (también se presentaban el Cantinflas piurano, un conjunto de cuerdas del cancionero criollo, las Bikini Girls, algunos solistas y la promoción de las candidatas a Señorita Piura) y comentarios en la prensa local como éste: “Quienes vayan al ‘Variedades’ el jueves tendrán oportunidad de ayudar a los sanmiguelinos a arbitrarse fondos para su excursión a Lima e Ica”.
Las salas, pasillos y escaleras están acompañadas de fotografías de su archivo familiar y cuadros del pintor Fernando de Szyszlo; pero la sala principal del segundo piso del museo está rodeada de balaustradas que dividen ambos corredores de muy fina restauración, de elegante estilo republicano. Se puede observar a plena vista, cual enormes cuadros, las ya conocidas fotografías del autor con Patricia, su mujer; con Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, José Donoso y Muñoz Suaz en Barcelona, en casa de su agente literaria Carmen Balcells; otra con Guillermo Cabrera Infante, Fernando de Szyszlo, Octavio Paz y Damián Bayón, así también en Barcelona con García Márquez, Carlos Barral y Julio Cortázar. En este nivel se destacan las salas organizadas temáticamente en honor al periodista, al político, al académico, el cinéfilo, el dramaturgo y el héroe.
La primera con las publicaciones de “Las batallas por la libertad” dando cuenta del hombre cívico y político. Sus inicios en el diario “La Industria” de Piura, su paso por el “Mercurio Peruano”, El Dominical de “El Comercio”, su labor en Radio Panamericana, y luego ya en París en la Agence France Press. Su postura ante el caso Padilla en 1971, la matanza en Uchuraccay en 1983, contra la estatización de la banca en 1987, la campaña política en 1990. En un par de vitrinas se puede apreciar las portadas que le dedican “The New York Times Magazine”, “Newsweek”, “Le Debat”, entre otras revistas. Y una emisión continua de sus entrevistas en el programa televisivo “La torre de Babel”, transmitido por Panamericana Televisión y producido por su cuñado Lucho Llosa, que data de 1981, el cual duró en el aire tan solo seis meses, y donde se ve desfilar a Magda Portal, la fundadora del APRA; Alain Elías, amigo de Javier Heraud; Don Pancho, un simpático y veterano heladero, el más antiguo de Miraflores; el pintor Fernando de Szyszlo, quien afirma que la técnica no se debe ver pero debe permanecer en la obra; una Doris Gibson que rememora una entrevista con el dictador Velasco Alvarado; Jorge Edwars reflexionando sobre la novela chilena; Ernesto Sábato ante su enorme biblioteca hablando del sentido del caos, y Jorge Luis Borges.
A propósito, el autor de “El Aleph” afirmó que cuidaba mucho su lectura y fue derrotado por varias novelas. No tenía en casa libros sobre su persona y que solo había leído “Borges, enigma y clave” de Rodríguez Monegal, porque, apuntó irónicamente, “quería encontrar la clave”. Queda una insípida desazón ante la reiterada insistencia de un porfiado Vargas Llosa cuando le pregunta hasta en tres ocasiones sobre la austeridad de su hogar y por qué no vivía en un lugar más lujoso. Borges, sonriente y sarcástico, afirma que “‘la pobreza’ no le interesa”. Ahora que lo recuerdo esa entrevista ofendió mucho al escritor argentino. Cuando opinó sobre el Perú aludió a su abuelo el coronel Francisco Borges, al poeta José María Eguren que le presentó un amigo en común, e incluso citó un verso suyo. El escritor peruano, sin poder disimular su asombro y admiración ante el maestro de una vida entre libros, casi encarnación de la literatura, observa los arreglos de su habitación donde destacaba una Orden del Sol en el grado de Comendador otorgada por el Gobierno peruano, y los pocos tratados de su biblioteca personal. Quizá, como afirma Alberto Manguel en su libro “Con Borges”, los invitados a su casa esperaban hallar infinidad de volúmenes, pero su propia biblioteca era poco menos que un desencanto porque el genio argentino sabía que el lenguaje bien podía simular la sabiduría.
En la entrada de la sala dedicada al político hay una franja con las tres escaleras y se puede leer: “Mario Vargas Llosa. Presidente 90. Movimiento Fredemo, el gran cambio”; y dentro se escucha la emisión continua del discurso del entonces candidato en plena campaña contra la estatización de la banca; un cartel de las elecciones de 1990 invita a una reunión para el “Domingo 4 de junio a las 12 m. en la Plaza de Armas”, y en una vitrina se puede ver el manuscrito de despedida al haber perdido las elecciones, fechado el 10 de julio del 90, titulado: “Encuentro por la libertad”; asimismo: un sello enorme con la estampa de su rostro, tarjetas personales, cartas destinadas al candidato con anotaciones del personal de correo: “Por favor anotar la dirección”, solo con el nombre del escritor, junto a un cuadernillo con el programa de gobierno del Frente Democrático.
Una instalación divide ambos corredores ante la extensa fotografía que Félix Nakamura tomara en el bar “La Catedral” cuando se acababa de publicar la novela “Conversación en La Catedral” en una visita que hizo Vargas Llosa al bar, allá por 1969. Se puede ver una reproducción de la famosa taberna, acompañada de la lectura de la novela.
En las salas referentes al académico, se emite continuamente los discursos del autor ante la incorporación a la Academia de la Lengua, y la cesión de Honoris Causa de parte de algunas universidades; y en la del cinéfilo, una escena del film “El Jaguar” en edición rusa basada en la novela “La ciudad y los perros”.
Al entrar en la sala del dramaturgo, uno ve los afiches de adaptaciones teatrales de sus obras escenificadas por casi medio centenar de compañías de todo el mundo. Desde “La señorita de Tacna” hasta la representación de las “Mil y una noches”; pero lo que me conmovió fue escuchar la confesión de parte que le hace en una entrevista al director Luis Peirano acerca de la obra teatral “Kathie y el hipopótamo”, en cierto modo una ‘continuación’ de “Conversación en La Catedral”, diez años después. Ocurrió que el novelista en una etapa difícil se ganaba la vida como negro literario para una mujer que precisaba de un escriba.
Ella tenía las imágenes pero no las palabras, y fue donde ‘Zavalita’ con su mediocre, oscura y rutinaria cotidianidad de ser un fracasado periodista del montón, y encontró el trabajo perfecto que le permitió ganarse la vida por un tiempo. Él, que tenía ciertas lecturas, claridad intelectual, recuerdos de ideales abandonados, va haciendo añadidos a la historia gris de Kathie, y ambos transforman la realidad de sus vidas una o dos horas cada día. En esa confesión encontré a un alter ego del novelista, y sentí que en determinado momento de su vida se creyó extraviado por el fracaso como escriba a pesar de una riqueza interior y quizá por el contrarresto de su edad, ya que el personaje era un hombre adulto, al que la vida no le había ofrecido prácticamente nada cual ajuste de cuentas.
Recordé las cartas que le dirigió por aquel entonces a Abelardo Oquendo cuando Mario confesaba que para evitar la reflexión y el suicidio se dedicaba a trabajar a fondo y solo salía del hotel para comer (la carta que pude leer de Julio Cortázar hacia Mario daba cuenta casi de lo mismo). Dudando de haber abandonado por fin los ejercicios ridículos de adolescente, tenía la impresión de que si escribía como presentía, por fin sería un escritor. Y que si veía que todo era un espejismo, haría maletas, regresaría a Lima y no volvería a escribir una línea más en su vida.
Casi frente a la sala del político se divisan dos piezas contiguas, una con motivos selváticos, como la reproducción de una cabaña y donde se puede ver fotografías de las versiones cinematográficas de “Pantaleón y las visitadoras” y “La ciudad y los perros” en las cuales el escritor colaboró; y otra, la del héroe, a la que no se puede ingresar y que no es sino una representación de objetos que nunca pertenecieron al autor, como libros, un uniforme, una cama del colegio Leoncio Prado, la insignia con su fotografía, pero que son igual de significativos y memorables.
Vargas Llosa, en la inauguración, expresó con nostalgia que los libros tienen la propiedad de llevar al lector a otra realidad, y que el lograr ello es lo más hermoso del acto de escribir. Y que una exposición así solo consagra a los muertos. Declaró que hay anotaciones de cuando no pensaba que su vida se iba a definir por los libros. Pero lo que me hizo vibrar de emoción fue que, luego de apreciar en un pequeño hall un hermoso mosaico las reproducciones de las portadas de nada menos que ciento cincuenta y cinco ediciones de sus obras en diferentes idiomas, tras un cristal me encontré con un verdadero tesoro para mí: más de veinte libros de los más grandes maestros de la novela.
Ello no saldría fuera de lo común si no estuviera resaltado con anotaciones, comentarios y calificaciones del escritor de “La guerra del fin del mundo” en las últimas páginas, así como algunos escritos de su puño y letra, pues ellos me transmitieron el secreto y la clave. Ahí estaba el verdadero tesoro del cual tomé única nota y, qué duda cabe, no contaré hoy.

Wittgenstein y sus problemas filosóficos

WITTGENSTEIN Y SUS PROBLEMAS FILOSÓFICOS

Antón Fabián analiza los esquemas conceptuales del filósofo austriaco Ludwing Wittgenstein, que fue reconocido como unos de los pensadores más profundos del siglo XX en especial por su contribución al movimiento conocido como Filosofía Analítica.

“Siempre es bueno en filosofía plantear una cuestión
en lugar de dar una respuesta a una cuestión.”
Observaciones Sobre los
fundamentos de las matemáticas
Wittgenstein

Ludwig Wittgenstein, considerado como el filósofo más profundo del siglo XX, en vida solamente publicó un libro: el Tractatus Logico-Philosophicus, que influenció en gran medida a los positivistas lógicos del Círculo de Viena, del que nunca se consideró parte. Tiempo después, el Tractatus fue severamente criticado por él mismo en Los Libros Azules y Rojos y en sus Investigaciones filosóficas, publicados tras su muerte.
Discípulo de Bertrand Russell quien consiguió que el Tractatus Lógico-Philosophicus fuera publicado en Gran Bretaña y la Universidad de Cambridge le diera la cátedra que desempeñaba en el Trinity College de Cambridge, Wittgenstein había propuesto que no había problemas filosóficos, “sólo acertijos o adivinanzas”, y que la misión primordial del filósofo era la de limpiar el lenguaje de todas las impurezas psicológicas, mitologías, convenciones religiosas o ideológicas que lo enturbiaban, y, desnaturalizaban el pensamiento.

Bertrand Russell amigo también de Karl Popper, otro genio del siglo XX, había invitado a éste –llegado recién a Inglaterra para ocupar una cátedra– a realizar una exposición sobre el tema: “¿Hay problemas filosóficos?”, y con ello hizo que ambos se encontraran en una concurrida reunión filosófica un día de octubre de 1946. Para Popper afirmar algo parecido sobre la filosofía en relación con el lenguaje era una tremenda frivolidad, intolerable para un pensador de esa altura y algo que además podía llevar a la filosofía a convertirse en poco menos que una rama de la lingüística o en un mero ejercicio formal despojado de toda significación relacionada con los problemas humanos; más bien aquellos eran la materia prima de la filosofía, y la razón de ser del filósofo sin duda la de buscar respuestas y explicaciones a las más acuciantes angustias de los hombres.
Popper confiesa en su autobiografía Búsqueda sin término que desde hacía buen tiempo ardía de impaciencia por probarle a Wittgenstein que sí existían, y de qué modo, los problemas filosóficos:

“Había leído el Tractatus de Wittgenstein algunos años antes de escribir mi tesis doctoral...Para mí resultaba claro que todos estos pensadores [los del Círculo de Viena] buscaban un criterio de demarcación no tanto entre ciencia y pseudociencia como entre ciencia y metafísica. Y también me parecía claro que mi antiguo criterio de demarcación era mejor que el suyo.” [Karl R. Popper. Busqueda sin término, una autobiografía intelectual. Madrid. Alianza Editorial. 1993. p 128.]

Con la espada desenvainada Popper comenzó su exposición, a partir de notas, negando que la función de la filosofía fuera resolver adivinanzas y empezó a enumerar una serie de asuntos que, a su juicio, constituían típicos problemas filosóficos; cuando Wittgenstein, irritado, lo interrumpió -reinaba un silencio eléctrico entre todos los filósofos británicos presentes, y, hay quien dice que tenía un atizador en la mano y que el propio Russell le ordenó soltarlo- gritando, en dirección a Popper: “¡A ver, déme usted un ejemplo de regla moral!”. A lo que Popper apacible dijo: “No se debe amenazar con un atizador a los conferenciantes”.

Todo esto conlleva a reflexión y aunque pensamos que toda la realidad se podría encerrar en términos descriptivos dentro de las reflexiones filosóficas; quizá la clave del progreso esté en transformar los términos en los que las preguntas se presentan ante nosotros. Los problemas filosóficos admiten distintas formulaciones o enfoques: desde uno más bien científico, hasta el metafísico o el ético y religioso. El propio Wittgenstein sostiene que la filosofía es una actividad que propiamente no tiene fin así como que la razón humana tiene el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan sus capacidades.
Wittgenstein trata de enseñarnos que todo lo que queda por hacer a los (buenos) filósofos es limpiar los errores metafísicos que otros (malos) filósofos cometieron así como también el liberarnos de los problemas, una aspiración a alcanzar una perspectiva superior que dé al filósofo que hay dentro de uno mismo un momento de paz y felicidad; ésas serían las diversas “soluciones filosóficas” que se alcanzan en diferentes momentos. Pero ello es muy sutil: haber dado con una solución no quiere decir haber “acabado” con el problema o con las ansias de la razón humana de encontrar soluciones. Tratar de acabar con esa tendencia de la razón humana a plantearse problemas que le superan sería equivalente a renunciar a nuestra misma capacidad de pensar.
El hecho de que la concepción fundacionalista de la filosofía haya fracasado, no significa el fin de la filosofía. La filosofía puede seguir siendo, no la base de nuestra cultura, sino una reflexión sobre la cultura y en ese sentido Wittgenstein nos enseña que la virtud principal de la filosofía es ayudarnos a ganar en sensibilidad; ayudarnos a hacer que las preguntas de otros sean auténticas preguntas para uno mismo, teniendo en cuenta que depositar demasiadas esperanzas en una explicación filosófica o en una teoría filosófica, equivale a “quedar cautivos dentro de una imagen”. [Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, §115: "Una figura nos tuvo cautivos. Y no podíamos salir, pues reside en nuestro lenguaje y éste parece repetírnosla inexorablemente".]
Ahora quizá la habilidad que uno tenga para progresar en filosofía depende sobre todo de la continua disposición para examinar los fundamentos de las propias convicciones filosóficas, al parecer tanto las artes y la literatura sobre todo nos proporcionan verdades tan importantes para la vida como la ciencia y la filosofía. La filosofía moderna, al empezar por poner en duda el valor de nuestras intuiciones ordinarias, ha terminado en un dilema aparentemente insuperable: o cientificismo o relativismo, como si la única alternativa al reconocimiento de la limitación de nuestro conocimiento fuera el escepticismo. La clave para escapar de ese falso dilema está en advertir que hablar de los límites de nuestra facultad de conocer es una forma moderna de hablar. Y quizá los límites, contra los cuales (imaginamos) chocar al hacer filosofía, son ilusorios (o, mejor, autoimpuestos).
La tarea de la filosofía es iluminar esas creencias: mostrar cuándo y por qué consideramos que una opinión está bien fundada, o cómo y por qué consideramos que un ser humano leal es mejor que un ser humano desleal, que una persona capaz de amar es mejor que una persona incapaz de amar, que una persona capaz de sentido de la comunidad, de ciudadanía, es mejor que una persona que es incapaz de sentido de comunidad o de ciudadanía; pero no proporcionar los fundamentos de tales creencias. Cuando damos explicaciones sobre nuestra forma de actuar o de pensar, llega un momento en el que no podemos explicar más y tenemos que decir, con Wittgenstein: “he llegado a roca dura y mi pala se dobla (...). Así simplemente es como actúo”. [Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, §217.]
Quizá la diferencia con W. consista en que mientras concebimos la tarea del filósofo como hacer ver el misterio que los problemas filosóficos manifiestan, Wittgenstein diría que su último fin es hacer que los problemas desaparezcan completamente (cada vez que aparecen). Wittgenstein es quien ha heredado y extendido el pluralismo de Kant, al insistir en la idea de que ningún juego de lenguaje merece el derecho exclusivo a ser llamado ‘verdadero’ o ‘racional’ o ‘nuestro sistema conceptual de primer orden’, o el sistema que ‘copia la naturaleza última de la realidad’, o cualquier cosa por el estilo. Esto implica, como es evidente, que los juegos de lenguaje pueden ser criticados (o ‘combatidos’); que hay mejores y peores juegos de lenguaje, y, además que nadie puede apelar, por tanto, a una racionalidad universal como garantía de la verdad de sus afirmaciones.
Que el conocimiento y la verdad no tienen vida fuera del contexto de los procedimientos reflexivos que adoptamos para tratar con problemas que son esencialmente prácticos. Esto es decir que nuestros conceptos y nuestra vida están entretejidos. Empezamos a ver que la filosofía no se ocupa sólo de cambiar nuestras concepciones, sino también de cambiar nuestra sensibilidad. El resultado más importante que queda en quien estudia o enseña filosofía no es el descubrimiento de unas doctrinas que le ayuden a encontrar un sentido en la vida, sino el desarrollo de una mayor capacidad para apreciar la profundidad y el misterio de lo que significa realmente ser humano.~

La santidad, la cruz y el martirio

LA SANTIDAD, LA CRUZ Y EL MARTIRIO
.
...Han transcurrido tan sólo horas desde que Karol Wojtyla dejó estos enredos terrenales.
Los ojos del mundo han virado hacia la noticia más conmovedora de esta semana: la muerte tras un duro padecimiento del Sumo Pontífice. Su agonía televisada en directo se ha exhibido minuto a minuto ante todo el orbe. ¿Habrá querido Karol Wojtyla por alguna razón que se difundieran los mordiscos de dolor camino al Calvario, que le imagináramos padeciendo clavado en la cruz y se entendiera el sentido de su agonía como un ejemplo de lucha contra la muerte, enfatizando ya casi sin poder hablar en el carácter sagrado y trascendente de la vida? La noticia sin duda enterró a la de Terry Schiavo quien estuvo atada al infierno de una vida casi vegetal y la actualísima discusión de la eutanasia que se libró en torno suyo, incluso con manifestaciones callejeras, así como las elecciones regionales que hubo en Italia y que las ganó el ala de centroizquierda.
Recordaremos por generaciones esos gestos de dolor ante las cámaras de televisión- acaso dirigidas por Joaquín Navarro Valls, el portavoz de la Santa Sede, y sus ayudantes palaciegos que habrían convertido la figura del Papa en poco menos que un espectáculo de reality show- y nos preguntaremos siempre quienes fueron en realidad los que permitieron que estuviera sujeto del padecimiento, o si él mismo eligió exponerse como muestra patente del sufrir, al grado de ser visto a la manera de poco menos que una tortura sadomasoquista tanto que en su columna del diario ABC el excelente cronista César Alonso de los Ríos ha dicho de él que “en los últimos días sólo le quedaban los ojos”.


Siempre he creído que, a pesar de que era el obispo de Roma y representante de Dios en la tierra y quizá por ello, Karol Wojtyla estaba muy lejos de la pomposa imagen académica eclesiástica, sobre todo lo imagino distinto del favorito del ala conservadora de la Iglesia, teólogo alemán y el consejero papal Joseph Ratzinger, quien en algunos almuerzos oficiales -que solían ser de trece en la mesa en memoria de la Última Cena y contra la creencia de que uno de ellos sería el traidor- ironizaba de la poca preparación teológica del Sumo Pontífice.
Sin embargo imagino que ya a su edad le leían a pedido y que las paredes de su estudio, cuyo ventanal privilegiado y propiedad del Vaticano domina la plaza de San Pedro en Italia, están cubiertas con estantes llenos de libros suyos de teología, filosofía, enseñanza pastoral y clásicos griegos y latinos; y aunque le gustaba desde muy joven el teatro, escribía poesía y ha publicado tres relatos autobiográficos, catorce encíclicas y ejercido un magisterio escrito de treinta volúmenes, en aquella biblioteca deben de haber muy pocas obras literarias leídas; más bien documentos en casi todos los idiomas de todas las instancias de la Santa Sede, desde donde dirigía su ministerio episcopal para que todos los feligreses católicos del mundo mantengan la fe en el papel de la Iglesia.
Lo han llamado “el atleta de Dios”, “el Papa de Sor Angela”, “el Papa del Rocío” y “el Magno” entre otros; pero Juan Pablo II, “Lolus” para los amigos, piragüista, alpinista, esquiador, cantor y segundo hijo del matrimonio Karol Wojtyla y Emilia Katzowska, nacido en 1920, que quedó huérfano prematuramente por las tragedias de las guerras de la opresión nazi, y que además llegó al seminario poco menos que un adolescente luego de trabajar como obrero en una planta química y de haber sido estudiante clandestino de teología, actor de teatro y tras el amor de una mujer, sacerdote a los veintiséis años y Papa a los cincuenta y ocho, fue un hombre de gran carácter, batallador de su credo y firme en sus ideas. Tras veintiséis años de pontificado y luego de haber recorrido casi todo el planeta -en sus últimos viajes se le veía ya cansado y apoyado en su báculo en forma de cruz-, obsesionado entre muchos temas sobre todo por las renuncias a las alegrías del sexo y su estrategia más efectiva de casi total erradicación, así como las acciones gubernamentales de cada rincón del mundo, vivió cada día de su vida con el rigor de “un Papa de guerra”.

.
Una reñida controversia sobre el papel de la Iglesia que enriqueció el debate teológico fue la “Teología de la Liberación” (que nació en Latinoamérica y considera que el papel prioritario de la Iglesia católica es ayudar a los más desfavorecidos), por la cual el Vaticano tuvo que redefinir más bien los límites del papel de los religiosos y advertir a los hijos de la Iglesia latinoamericana que no se inmiscuyeran en política; sin embargo por vieja doctrina desde su creación la Iglesia católica no ha hecho otra cosa, tanto la colonización, la inquisición, el antisemitismo o las cruzadas hasta los viajes, opiniones, catequesis o bendiciones han estado entrelazadas con la política y viceversa. Wojtyla por defender lo que creía y arriesgando quedarse rezagado al margen de la historia y el mundo de la actualidad; y precisamente por no ser una figura neutra vivió todos los reveses de su tiempo. Y a pesar de que pidió perdón por los errores y ofensas cometidos por los cristianos se le ha acusado de una dictadura religiosa que manejaría entre bambalinas el cardenal Ratzinger cosechando también rechazos viscerales y manifiestas disidencias en sectores de la propia Iglesia católica.
No pudo visitar Rusia ni China por la oposición del patriarcado ortodoxo de Moscú y la negativa de las autoridades comunistas; pero reprendió (hay quien dice lo contrario) a los gobiernos de Duvalier en Haití, de Ortega en Nicaragua, Pinochet en Chile y Stroessner en Paraguay; y como un abuelo ante su nieto intercedió en secreto ante el mismísimo presidente Bush -quien ha dicho de él politizando oportunamente el momento que fue “un campeón de la libertad”- a fin de lograr la concertación para la paz universal, y, en defensa de lo que creía tuvo la osadía de darle un sermón a Zapatero enmendándole la plana al gobierno socialista. Hay quien dice que, “actuando subterráneamente”, impulsó la caída del comunismo en Polonia, su país de nacimiento; y que no logró negociación alguna con Fidel Castro, en su visita a Cuba luego de que éste lo visitara en la ciudad del Vaticano; pero le han dicho de todo y no habrá quien falte y diga o lo comprometa incluso con la muerte de Juan Pablo I, que tan sólo gobernó treinta y tres días hasta su misteriosa muerte a la que áquel le sucedió.
Sin duda durante el papado de Karol Woytila la Iglesia ha retrocedido en todos los países católicos y otras doctrinas religiosas se han extendido y legalizado. El Magisterio de la Iglesia, y la mayoría de los obispos se han opuesto a los métodos anticonceptivos, al divorcio, al aborto, la eutanasia y la ingeniería genética con documentos que han encajado en la vida política mundial, aleccionando a los parlamentarios católicos quienes por deber moral tendrían que votar en contra de aquellas leyes que estén a favor de esas atrocidades.

Ahora “los acólitos del Sumo Pontífice” -que le habrían servido de informantes de la situación de cada país- han viajado a la Santa Sede, y, aunque todos los cardenales son elegibles y comulgan por la unidad, la grandeza y libertad, sería noble que el elegido del Espíritu Santo entre los candidatos pontificales fuera más de espíritu de este tercer mundo. El nombramiento es imposible de ser resuelto por laicos, ateos, agnósticos o fanáticos. No así los selectos votantes que tienen al fin una causa por la que jugarse la mitra, aunque quizá quede alguno por ahí que prefiera jugarse algún fraude secreto.
Han transcurrido tan sólo horas desde que Karol Wojtyla dejó estos enredos terrenales, ya no está entre nosotros sino en el olvidadizo corazón de cada uno pero habiendo cruzado ya el temido umbral de la muerte quizá él haya de moverse con la seguridad de Pedro por su casa en el misterioso hogar que anhelaba y como tantos católicos creen. Esperan al menos entre éstos que el Papa nuevo piense menos en Jesucristo y actúe más como él, para que los jóvenes seminaristas no abandonen las diócesis y la Iglesia pierda fieles. En esta semana me había propuesto escribir desaforadamente, por eso esta tarde de feriado de honras fúnebres mundiales suscribo el presente sobre el representante de Dios en la tierra, pues habiendo llegado este pequeño tiempo sin él hay que aprovecharlo…~

Hans Kelsen y el problema de las fuentes del derecho

Hans KELSEN y el problema de las fuentes del derecho

...lo leí de principio a fin; y pretendo, asimismo, buscar más libros del autor.

A Patricia Dévera V.

Considerándola de ambigua, metafórica y hasta equívoca, el fundador del positivismo jurídico, Hans Kelsen en su libro Teoría pura del Derecho, condena el uso de la expresión "fuentes de derecho", enunciado que por lo visto se tornaría inutilizable, y, en contraparte, propone que el fenómeno jurídico debería designarse de manera uniforme. A saber la sentencia por ser de naturaleza multívoca mantiene a muchos autores en desacuerdo, atribuyéndole diferentes significados, al punto que el filósofo italiano Norberto Bobbio ha llegado a afirmar al respecto que uno puede obtener la comprensión de un sistema general de distintas maneras.
Cuando mi amiga la psicóloga Patricia Dévera Velásquez, casmeña de gran corazón y alborotadas lecturas me regaló entre otros, quizá para desentenderse de los libros que a veces adquiere después de haber escudriñado los atisbos psicológicos del autor, la decimoctava edición por encargo de una editorial argentina del libro Teoría pura del Derecho (1994) de Hans Kelsen, un armatoste de doscientas cincuenta páginas, firmado con una nota que rezaba: "a ver si vence al lector pertinaz", se lo agradecí, advirtiéndole que ésta vez no lo leería porque sencillamente ese tipo de lecturas no son de mi lectivo interés y que de manera natural aquél pasaría a formar la parte de mi biblioteca que llamo "documentación" y donde un libro espera a veces años para ser tan sólo revisado a salto de mata y era probable que tampoco haría una excepción con su entrañable presente.

"Veremos si te vence la curiosidad", me dijo. Pasaron exactamente quince días mientras terminaba de leer una biografía de Ernest Hemingway del novelista Anthony Burgess, y había dejado casi a medias el Diálogo a fondo con Carlos Castaneda que una periodista, Graciela N. V. Corvalán le había hecho al célebre místico cajamarquino, cuando me atreví a echarle una ojeada y a medida que avanzaba en la lectura me retractaba poco a poco de mi sentencia: lo leí de principio a fin; y pretendo, asimismo, buscar más libros del autor [llevo un par de días leyendo Acerca de la norma básica que aclara más la visión al respecto] -quizá por ese deleite por ciertos estudios filosóficos sugestivos- y me percato que mi dilecta amiga me hizo el obsequio precisamente para no abandonar ese tipo de lecturas.
Los motivos del interés por ésta van por la aproximación al derecho, la filosofía y el lenguaje. El libro Teoría pura del Derecho otorga develamiento, sinuosas razones, y es de una claridad auténtica; es decir una naturalidad que sólo se obtiene leyéndolo. Casi todos los estudiosos de derecho y filosofía que he consultado, se han acercado a él con suspicacia y han quedado prendidos de su original tejido de ideas, conceptos y nociones. Rozando la filosofía del lenguaje el autor nos dice que en realidad "fuentes" puede representar tanto el origen del conocimiento de lo que a través de la historia ha sido el derecho como los antiguos documentos o las colecciones legislativas; así la fuerza interventora del mismo como acto de la vida social: la naturaleza humana, el sentimiento jurídico; la autoridad mediadora, el Estado o el pueblo; el acto creador concreto: la legislación, costumbre o decisión judicial; el sostén de la validez jurídica de una norma; la forma de manifestarse tanto en ley, decreto, reglamento o costumbre; y también el fundamento de un derecho subjetivo, entre otras nociones.
Es ineludible advertir la gran amplitud y profundidad del concepto, por cuanto abarca prácticamente todas las normas jurídicas, ya que las antiguas constituyen el cimiento de la validez de las actuales. Kelsen en Acerca de la norma básica formula agudas críticas a la concepción tradicional de 'norma' y lo hace afirmando que una condición sólo puede provenir de otra y no así de una certeza, como ésta no puede jamás derivar de aquella.[1] Cada norma encuentra el fundamento de su validez en un modelo superior (anterior) o Grundnorm, y esta cadena de fundamentación llega hasta un punto en que ya no es posible continuar; es decir llegado al tope no hay otra pauta efectiva y real, hecha por medio de actos humanos, de la cual fiarse. Ahora, precisamente, el virtual inconveniente en el pensamiento kelsiano consiste en esa falta de justificación, y, qué duda cabe, de su propio criterio de validez. De este modo el estudioso y jurista austríaco -nacionalizado estadounidense- al pretender encerrar el derecho exclusivamente en el campo de la creación humana rechaza toda trascendencia, y de ahí su punzante condena del derecho natural como un dualismo inaceptable. Es precisamente este asunto el que llevó al catedrático de Viena, quien colaboró en la redacción de la constitución austriaca a la edad de treinta y cuatro años, a admitir que 'el modelo esencial' o Grundnorm podría considerarse como una ficción.
El tema de las fuentes de derecho, según autores como Dante Cracogna es una preocupación relativamente reciente en el campo de la filosofía jurídica; pues hasta hace poco el derecho era considerado como un 'objeto dado' y las distintas corrientes coincidían en que éste no era creación del hombre sino elaborado por una instancia superior a él; sin embargo el positivismo jurídico afirma que es una obra enteramente humana, un producto social e histórico.
La concepción total de derecho que tiene Hans Kelsen y el sentido de 'fuente de derecho' sumado a la fundamental noción de validez implica reconocerle a aquella una importancia muy destacada dentro del marco de la teoría general del derecho; y permite concluir que -a diferencia de la teoría tradicional que circunscribe la noción de fuente a las normas de carácter general-, el autor reconoce como fuente de derecho a cada una de las normas individuales en virtud de que también ellas son derecho "creado" y no sólo "declarado". La existencia de las normas depende de la fuerza o poder humano que las creó e impuso; así el fundamento del derecho no trasciende el derecho mismo.
Sin duda influenciado por Manuel Kant trató de construir una teoría pura del derecho completamente libre, que no dependiera de elementos intelectuales originarios de otras disciplinas; y elevar el derecho a una ciencia independiente de las demás; sin embargo, como ya hemos visto, si éste fuera una creación exclusivamente humana, diverge con ideas trascendentes como Dios o la naturaleza, así las formas de instauración normativa muestran una significación exclusiva, racional y coherente que justifica una elaboración teórica capaz de explicación. Todo lo cual sin duda deberá dar cuenta de los procesos humanos que conducen a la creación de todas las normas jurídicas o legislación, aunque quizá el problema sea la dificultad de que la costumbre sujeta a una subjetividad no pueda llegar a ser precepto social o principio de justicia para ser tomado como universalidad kantiana.
El profesor Bobbio ha destacado las diferencias especificas que Kelsen advierte entre una y otra, así la legislación es un modo 'centralizado' de creación normativa, y la costumbre un modo 'descentralizado', con el contraste políticamente significativo que en la primera la autoridad se diferencia de aquellos sujetos sometidos a las normas; no así en la segunda. Esto se vincula directamente con la distinción entre las dos formas ideales de gobierno, a saber la autocracia y la democracia. La práctica o costumbre sería, entonces, una creación normativa propiamente descentralizada, democrática y autónoma.
Sin embargo hay que advertir que el autor reconoce a la legislación como un proceso de creación normativa incluyendo dentro de ella otras formas de reglamentación pero no de "ley instaurada"; y, menciona a la costumbre -en contra de la tesis de algunos autores que atribuyen a la misma otro carácter- como fuente constitutiva de derecho reconociéndole el mismo carácter creador que la legislación.
Pues bien Teoría pura del Derecho nos atrapa en sus tejidos por lo bien argumentada que está, la prestancia de sus explicaciones en donde uno llega a entender que las fuentes de derecho, concebidas como modos de producción normativa conducen al problema de los poderes en el derecho entre teorías contrapuestas rayando la fe y la religión para ordenar nuestra conducta de hombres como criaturas racionales que somos, en razón propia de la condición humana. Gracias, querida Patricia.~


[1] Los términos que usa son 'debe ser' y 'ser'. En El concepto de orden jurídico manifiesta que el fundamento de validez de una norma (un 'debe ser'), sólo puede ser otra norma, otro 'debe ser', y no un hecho (un 'ser'). N. del A.

Bryce, el eterno aprendiz

Bryce, el eterno aprendiz
Pobre Bryce eterno, no ha logrado dar una explicación convincente

“El primer sufrimiento se lleva a cuestas
como un imán en el pecho porque de
él proviene toda ternura.”
Alfredo Bryce Echenique

Lo primero que de verdad llama la atención cuando uno conoce a Alfredo Bryce Echenique es ese encanto que despierta su sencillez desde que uno lo saluda y que sólo él sabe transmitir con una cordialidad de viejo camarada. Lo segundo para un hombre de talla normal es su estatura: un metro ochenta y dos centímetros. Lo tercero es el fulgor de su talento y agudeza para escarnecer de sí mismo provocando la risa de todos sus contertulios. Aunque habría que advertir que no falta por ahí algún escritor de menor valía que cierta vez me previno: “Lo realmente pernicioso de la simpatía de Bryce es que la usa para que la gente crea que es un buen escritor”.
Lo conocí hace algunos años en la Feria del Libro del Jockey Plaza en Lima. Era la tercera o cuarta vez que lo escuchaba dar una conferencia después de haber aguzado el oído a varias grabaciones de entrevistas y otras conferencias suyas. En la Casona de San Marcos a una pregunta que le encargué se la hiciera Guillermo Niño de Guzmán acerca de cuál era la lección que había aprendido de su viejo contertulio y amigo el escritor Julio Ramón Ribeyro, y que la formuló un serísimo Marcos Martos, provocó la hilaridad de la concurrencia cuando de pronto Alfredo zafándose de la respuesta dijo que el título universitario de abogado de San Marcos poco le había servido en realidad para ser escritor y que lo que hizo luego de obtenerlo fue enseñárselo a su padre y “colgarlo literalmente en el baño de su casa”. No señaló lo que yo sabía que de seguro pensó e iba a responder y que quería que la concurrencia escuchara: que el escritor de raza es y será siempre un eterno aprendiz, esa justificación y actitud ante la vida y la literatura para seguir escribiendo. Lo primero que me formuló al saludarlo y manifestarle que escribía y amaba tanto a la literatura como sin duda lo hacía él fue su deseo compartido de éxito literario: “Que la suerte literaria te sonría, viejo”, me dijo.

Bueno el caso es que el escritor vivo más querido por estas tierras no ha conseguido dar una excusa verosímil ante la acusación de sucesivos manifiestos plagios. Y lo más conmovedor es que escritores de menor cuantía, pequeños parricidas han prorrumpido cargados de arteras municiones con las ganas de fusilarlo no con una obra sino con sumarse al cargamontón y alboroto que ha generado la noticia, cuando el escritor lo que habría querido hacer es sólo lo que el común de los escribas hace o ha hecho alguna vez desde que estampa su primera letra: corregir el estilo de un artículo o crónica y guardarlo para luego poder usarlo como material de trabajo o fuente. Sin duda, la insensatez desmesurada y sandez mojigata de cuanto escriba quisquilloso no sólo ha impedido que Alfredo reconozca a cabalidad la equivocación reiterada al publicarlos por indiscutible descuido sino que no entiende que la verdad es que a la empresa periodística no le interesa gran cosa la literatura sino la firma del famoso escritor. Le importa más que el escritor, los lectores, más que los lectores el dinero de los lectores y de la publicidad de los auspiciadores.
Quiero creer que tal vez sea producto del exceso de la bebida [y qué] a la que está sometido por alguna inquietud propia de su existencia y por ese amor a la literatura que a veces nos lleva a destruirnos a sí mismos como entre los escritores, para no hablar de los artistas en general, lo han hecho Malcolm Lowry, Fernando Pessoa, Jack Kerouac, Raymond Carver, Truman Capote, Charles Bukowski, Edgar Allan Poe, Dashiell Hammett o entre los latinoamericanos un Juan Rulfo, en fin, y, claro nadie se preocupa del escriba, sino de ese ser mediático: del personaje al cual incluso se le niega el derecho a reconocer -cuando casi todo el mundo lo sabe- que es un novelista que sufre de una dipsomanía crónica y hasta quizá de un prematuro mal de Alzheimer como lo ha especulado por ahí el agudo, irreverente y perspicaz periodista Beto Ortiz; porque la historia de Alfredo Bryce Echenique como la de Fernando Pessoa -ya lo diría Octavio Paz- podría reducirse al tránsito entre la realidad de su vida cotidiana y la realidad de sus ficciones.
Y, caray, de haberlo hecho socorrido de la primera agudeza llana de la que pudo echar mano, negó ante la prensa que hubiera reproducido los textos de sus colegas españoles y del embajador peruano entre otros, y lo negó con la cabeza en alto como todo buen constructor de mundos imaginarios que se precie atribuyendo la culpa a su secretaria personal que habría enviado los artículos que datan del año 2005 sin citar el nombre del autor; sin embargo tal argumento expuesto en una carta de disculpa ante el embajador y al propio diario cayó en saco roto, convirtiéndose en una explicación que se desploma ante un sesudo análisis pero que sin embargo bien podría ser una redonda verdad aunque no creíble. A fin de cuentas es un asunto íntimo entre su conciencia, digo mejor, su amor a la literatura y sí mismo, y, ni siquiera hacia con su secretaria o sus lectores aunque el escritor ha dicho citando a Tolstoy: “la próxima vez fracasaré mucho mejor”. El sincero lector de Bryce, el que lo conoce y ha disfrutado de sus cuentos, novelas, memorias y entrevistas lo ha respaldado en su fuero interno y se ha condolido por toda la tinta y voces vertidas en escarnios contra él como ante un Cristo en semana santa. Pero tanto improperio lanzado no acabará con el escritor. Si lo ha hecho, se equivocó, por las diferentes razones que pueda tener, ya sea la escritura de una próxima novela, la bebida, el ocio, alguna enfermedad o cierta contrariedad personal, en fin; nadie está obligado a declarar contra sí mismo.
Entre las arenas movedizas de los artículos, crónicas, reseñas o reportajes pocas veces corren las aguas diáfanas de la perfección literaria. ¿Qué pecado tiene negar un desliz literario para preservar ese lugar mítico de escritor que tanto le costó obtener? Error mortal más bien el de desdecirse luego, error de un escritor cuya escritura no pasará a la historia por haber ‘reproducido’ un texto que no era suyo sino por haber escrito lo mejor de sí desde hace mucho y quizá por haber convertido por un instante siquiera unos modestos artículos en más bellos y perdurables de lo que en realidad son.
Se suplió a sí mismo con unos escritos impropios. Ahora, nadie puede negarlo: Alfredo es un ser melancólico. Grandes escribas de la literatura mundial han caído en esa psicosis maníaco depresiva de la locura por la literatura, y no faltará quien reconozca sinceramente que mientras más honda es la caída a veces suele reducirse la cúspide creativa. Entre tantos altibajos el creador puede ser originalmente productivo y también destructivo llegando incluso al suicidio. Grandes creadores en la historia sufrieron ese tremendo mal y la melancólica festividad de Alfredo no es la excepción de rodar hacia abajo. Ya creo que ahora y con razón el escriba quisiera alcanzar un altísimo grado de inconsciencia mientras atraviesa este ancho mar de ingratitud para desembocar en su próxima novela. Y que luego ya, pasado el vendaval, podrá preguntarse retrospectivamente: “¿Qué me pasaba en aquel entonces para andar tan particularmente ‘cobarde’ en aquella ocasión?” Pobre Bryce eterno, no ha logrado dar una explicación convincente y felizmente ha tomado todo esto que ha sucedido con la afabilidad habitual y tierna que le caracteriza aunque estoy seguro con profundo sentimiento de caída.
No, Alfredo Bryce Echenique, ese escritor paternal, ese Hemingway peruano creador de su propio mito, ese escritor de culto que mucha gente felizmente ahora relee mucho más, ha originado tan sólo un incidente que no ha de ser más que un pequeño episodio, por lo demás muy propio de su temperamento. Por lo pronto dejemos que la historia de la literatura juzgue -y de seguro será a favor- al viejo Bryce, ese gran escritor que todos nosotros conocemos que escribe para que sus amigos lo quieran más. Por mi parte yo, como Martín Romaña, ya lo saben, detesto molestar.